“Historia, ciudad, patrimonio y educación”. Soledad Caracci C.

“Solo existe saber en la invención, en la reinvención, en la búsqueda inquieta, impaciente, permanente que los hombres realizan del mundo, con el mundo y con los otros”[1].

Paulo Freire

Me gusta la ciudad, pasear por ella y conocer sus calles. Me gusta perderme de vez en cuando conociendo nuevos barrios o mirando con ojos nuevos los que he aplanado tantas veces, aunque nunca tantas como quisiera. Creo las ciudades son maravillosas, llenas de espacios que conquistar, llenas de personas que conocer y lugares que mirar. La ciudad nos llama a aprender de ella, en ella, y de la dinámica que genera y que la genera. Es por eso que llegué a Cultura Mapocho, y es así cómo me quedé con estos “colegas patriñoños”, porque creo, como todos ellos, que el ser humano aprende caminando, conversando, observando lo que nos rodea, intercambiando experiencias y compartiendo conocimientos.

La ciudad es un espacio diverso y vivo, donde todos caben, donde todos nos encontramos, donde celebramos, donde protestamos, donde compartimos, nos rebelamos, leemos juntos el titular de algún diario, vamos a la feria y vivimos rodeados de construcciones, de naturaleza, de sueños, de personas que tienen historias de vida, enseñanzas.

Creo que la educación es liberación (me lo enseñó Paulo Freire), y que niños y jóvenes pueden aprender muchísimo caminando por su entorno. El andar pausado nos invita a mirar y observar detenidamente los espacios, sus historias y las dinámicas que en estos se desarrollan. Es tiempo que la educación salga del aula, que perdamos el miedo de que los estudiantes estén en las calles, que paseen, que pregunten, se distraigan y conversen. Es tiempo de enseñarles a ver, en un mundo que pone tanta información a su disposición. Es tiempo que, como educadores, los acompañemos en el camino de la observación e intervención atenta y reflexiva.

Las calles, los edificios, las personas y sus relaciones cambian y nos cambian. Podemos utilizar el entorno como un espacio educativo de gran calidad y dinamismo. Vemos edificios emblemáticos de la ciudad, palacios y conventillos, tumbas y estatuas, lugares por donde tantos otros como nosotros conocieron y disfrutaron, odiaron y amaron. Vemos panaderías, viviendas sociales, industrias, ríos y cerros, comisarías, personajes y municipalidades. A través de estos espacios y sus habitantes es fácil para los estudiantes vincular lo aprendido en el aula con su realidad, tomando la historia como una disciplina con dimensión física, mucho más aprehendible.

Considero, desde mi experiencia como profesora de ciencias sociales, que la principal dificultad de la enseñanza-aprendizaje de la historia está en su alto nivel de abstracción, y, considero también, que sacar su enseñanza de las salas de clase es un factor clave para superar esta dificultad con creces, ya que en las calles no solo aprendemos de héroes, política, arte, arquitectura, formas de vida y modos en que los espacios han sido utilizados, sino que también valores fundamentales para la vida en sociedad, como el respeto hacia los demás, el cuidado del medio ambiente y de nuestro patrimonio, el valor de los espacios públicos como puntos de convergencia social, la importancia de la propia experiencia para el proceso de enseñanza-aprendizaje y la relevancia que adquiere la apropiación de los espacios públicos para su protección y puesta en valor.

Me gusta la historia, fue el único ramo al que realmente le dediqué tiempo durante mi educación media. En la universidad me terminó de conquistar y, tras un intrincado camino, me dediqué al oficio de enseñar esta disciplina. Creo que es maravillosa, y que quién se dedica estudiarla (tanto formal como informalmente) recibe una formación muy completa, que se puede desarrollar desde múltiples y diversos oficios.

Lo anterior es producto de que la historia va más allá del estudio del pasado, es una disciplina viva, que desarrolla las habilidades de pensamiento complejo con absoluta naturalidad, el pensamiento lógico en el análisis de relaciones causa – consecuencia, la reflexión crítica en torno al estudio de nuestro pasado y al análisis de nuestro presente, el desarrollo de la identidad al sentirnos parte de sociedades con historias comunes o diferentes. Los beneficios de la disciplina a nivel intelectual son infinitas. Estoy segura que el estudio, no solo de la historia, sino que de las ciencias sociales y las humanidades en general, son claves para la formación de niños y jóvenes para la vida en sociedad, para el desarrollo de individuos más libres y de comunidades más justas, más felices, más sanas.

En un mundo complejo y global es nuestro deber como educadores dar herramientas a niños, niñas y jóvenes para desenvolverse reflexiva, libre y responsablemente en sociedad, y esto no se hace de forma individual y aislada, no se hace aparte del estudiante, sino que vinculándonos de forma emotiva con él, y aprovechando su vínculo natural con el entorno para que tome parte activa de su aprendizaje, haciendo de este una experiencia y de todas las experiencias un nuevo aprendizaje.

Fuente: La Tercera

Esta “columna” la comencé a escribir en febrero de 2011, antes de que el movimiento estudiantil, y la movilización social que esta gatilló, hicieran que lo que pienso se reforzara con creces. Los niños hoy nos demandan, los jóvenes y la sociedad completa nos exige. Y están en todo su derecho de hacerlo, es más, es su deber hacerlo. ¿Estamos preparados como educadores? ¿Estamos dispuestos como profesores a desaprender tantas cosas? ¿Estamos dispuestos a que las personas dejen de ser “a-lumno” (sin-luz), para convertirse en estudiantes?.

Los desafíos para nosotros, los educadores, son múltiples y complejos, debemos decir basta a la enseñanza-aprendizaje tradicional, debemos salir a la calle, debemos buscar nuevas formas de guiar, debemos adaptarnos, perder el miedo, aprender, reflexionar, educar para la libertad, para el amor, la justicia, la diversidad, la paz y la felicidad, la utopía misma de un profesor.


[1] FREIRE Paulo, Pedagogía del Oprimido. 2ª edición. Buenos Aires, Siglo veintiuno editores. 2002. Pág. 79.

2011-09-15T19:29:09+00:00 2011/09/15|