Crónicas viajeras: México Diverso. María Soledad Caracci C.

Ya les dije en la crónica anterior que todas estas entregas iban a ser diferentes. En México estuve 40 días. Recorriendo varios lugares, algunas ciudades, muchos paisajes. A ratos lento. A ratos a toda velocidad. Y la verdad es que se podría escribir un libro. Es más, se han escrito miles.

¿Qué les puedo contar yo de México? ¿Cómo les puedo explicar todas las cosas que vi y sentí? ¿Cómo no topar con el hecho de que solo conocí la superficie de esa inmensidad?

Sobre México hay tanto que decir, ¡y eso que se ha dicho tanto ya!, pero al final nada de lo que se diga es suficiente. Nada de lo que uno pueda leer o escuchar te prepara para el impacto que es, ver desde el aire, la que alguna vez fue la gran Tenochtitlan.

El DF: La gran ciudad.

Abrumador, alucinante, impresionante. Esas son las tres primeras palabras que me vienen a la cabeza cuando pienso en la Ciudad de México. 22 millones de habitantes, así nomás. Más que la población de Chile. Impactante.

Era la capital del imperio azteca, como aprendimos en la escuela (una visión bastante simplista de la historia precolombina mexicana) y creo que la descripción que hizo, hace tantos años ya, Bernal Díaz del Castillo en su “Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España”,  aún le viene como anillo al dedo: “…nos quedamos admirados. Hubo quienes pensaron que se trataba de un hechizo, como los que se narran en el libro de Amadís, pues había grandes torres, templos y pirámides erigidos en el agua. Otros se preguntaban si todo eso no sería un sueño”.

Impresiona y conmueve. El ritmo vertiginoso de la ciudad, la grandeza de la capital virreinal, el metro y sus vendedores de cd´s piratas, con la música a todo chancho, la Plaza de las Tres Culturas y el Memorial del 68, la que fuera casa de Frida Kahlo, la Universidad Autónoma de México, la que fue la casa de León Trotsky, los murales, la Cineteca, el Museo Antropológico, ver ante mis ojos la imagen esculpida en piedra de la diosa Coatlicue. Lo recuerdo y me quedo sin aliento otra vez. Qué maravilla. Qué inmensidad. Mi corazón latía fuera de control.

Hay tanto que hacer, hay tanto que ver. Cada barrio es un mundo diferente. Al principio viví al norte de la ciudad, en un barrio muy industrial. Luego en el centro, en un barrio turístico y residencial con varios museos cerca. Al final en el sur, en una villa construida para las olimpiadas del 68`, 30 veces más grande que nuestra Villa Olímpica de Ñuñoa, también en estilo moderno. El transporte es bueno, el metro excelente, las micros no tanto, hay una red importante de ciclovías, las veredas son un desastre. Mapas de los barrios en cada estación del metro. Se puede llegar a todos lados sin complicación.

La contaminación es fuerte. El ritmo es intenso. Las personas que viven ahí, de toda la vida, no acaban de conocer la ciudad, uno se demora al menos una hora en llegar a cualquier lado.

Se mataban de la risa cuando les contaba de mi pueblito de 9 mil habitantes (Frutillar). Yo no podía creer cuando me decían que se tenían que levantar a las 05:30 todos los días para irse al trabajo.

Dos semanas aguanté ese ritmo. Quería conocer otros pueblos y ciudades así que partí.

Querétaro y sus alrededores: Ciudad colonial y cuna de la independencia.

Hacia el norte del DF se encuentra la ciudad de Querétaro. Es una ciudad grande pero que en el centro conserva un ritmo de pueblo. Está llena de iglesias y plazas. El centro histórico está muy bien mantenido y la verdad es que de esa zona me moví bien poco. Bello y tranquilo Querétaro, con muy lindos pueblos a su alrededor también.

Toda la zona jugó un rol clave durante la independencia mexicana. Los cahuines de esa época que se oyen son geniales, las dudas ante toda la parafernalia nacionalista que se ha creado en torno a estos “próceres” surgen en cada relato. Estuve un día paseando por los alrededores. Fui a Dolores Hidalgo y a un pequeño pueblo llamado Atotonilco, donde, según mi anfitriona me contaba, en el mes de octubre se realiza un rito en el cual los fieles se reúnen a azotarse (de hecho venden látigos y cilicios en la feria). Rarísimo. Su iglesia: imperdible, una maravilla.

El techo de la Iglesia de Atotonilco. Enero 2013

Esa zona es más seca. Y para el norte se pone cada vez más. Yo solo avancé un poco más en esa dirección.

Guanajuato: Ciudad entre los cerros.

Ciudad minera colonial, se encarama por sobre los cerros. Tiendo a analogar con lugares de Chile. En lo personal me recordó Valparaíso, pero sin mar. No sé si eso sea concebible, pero así nomás me pasó. Ahí está la casa en la que vivió Diego de Rivera cuando fue niño, que hoy es un museo notable sobre su obra artística. No muy grande, no tenía una buena museografía, pero bien tenido y con unas piezas que son unas joyas. Muchas iglesias también que visitar. Un hermoso cementerio y un museo de momias que no me gustó nada. Encontré que era poco respetuoso con su muestra. La vista que se tiene de la ciudad desde el monumento a Pipila es una belleza. Caminé y caminé por las calles.

Pero era muy ciudad todavía para mí. Aún no me recuperaba del DF y necesitaba campo.

Tequixquiac: Pueblo de milpas.

Así que al campo me fui. Yo nunca había escuchado el nombre de esa ciudad. “¿Tequisquiapan?” me preguntaban curiosos los funcionarios de los interurbanos. “No, Tequixquiac”, decía yo, aferrándome segura al trozo de papel donde tenía anotado el nombre de mi destino. Llegar fue toda una aventura. Fui para allá porque en CouchSurfing encontré un anfitrión que vivía en este pueblo, ubicado en pleno Estado de México, a 40 minutos de Tula, Hidalgo (hogar de los famosos Atlantes) y a 30 de Teotihuacan. Para allá partí sin saber yo mucho (aparte de buscarlo en google y preguntar cómo  llegar no me informé más).

Los buses se hacían cada vez más pequeños a medida que me cambiaba micro. Los centros urbanos se hacían más pequeños también. Llegué a un pueblo maravilloso donde había milpas a tres cuadras de la plaza central. Donde viví tomando agua de manantial, entre gallinas, gansos, perros, un gallo y una familia acogedora, comiendo las tortillas que hacía a mano la señora de la esquina, y conversando sobre el futuro.

Conocí un grupo de chicos y chicas que trabajan por y con su comunidad. Se agrupan, se organizan, se ayudan y comparten. Crean comunidad. Porque el Estado de México es un estado con muchos problemas y donde las cementeras y petroleras contaminan la poca agua que hay. Es un estado un poco gris. Para llegar a Tula, la ciudad de los Atlantes, me tomé varias micros y recorrí hartos caminos. Me bajé en varios pueblos para hacer las conexiones y la visión general era la misma. Gris. Fue una suerte entonces aterrizar en este oasis de color, de gente linda, de música y esperanza. La verdad es que me dejó las pilas bien cargadas para seguir recorriendo este hermoso país.

Ya estaba totalmente enamorada de México.

Xalapa: Ciudad universitaria y naturaleza.

Bosque de niebla. A medida que avanzaba hacia el este la humedad iba aumentando. Mi piel se iba hidratando y la naturaleza a mi alrededor cambiaba. Bosque, pucha que te extrañaba. Imagínense, yo del sur de Chile: necesitaba agua, necesitaba verde a mi alrededor.

Me recibió una amable editora, con la que hablamos de música y libros. Y quién me contó sobre la historia reciente de la zona de la costa veracruzana. El narco, la violencia, la corrupción. La prensa, la educación, la indolencia. Los toques de queda hace un par de años, los muertos que se encontraron esa vez en la plaza de Veracruz. Ahora poco se ve de eso, pero se siente fuerte la historia reciente.

Me perdí en el jardín botánico. Caminé alrededor del lago. Vi las cabezas olmecas. Fui a la feria y a la taberna. Conversé, caminé. Me llene de verde.

Y seguí hacia el sur.

Oaxaca: Cultura y mezcal.

La plaza tomada me recibió. Indígenas desterrados exigían respuestas por la usurpación de sus tierras y por la violencia ejercida por la policía. Estaban acampando ahí desde no sé cuándo. Se notaba que al menos un par de semanas. Muy turística ciudad. Mucho más que Xalapa. Una vida cultural alucinante. Yo, así de casualidad, me encontré con tres seminarios a los que quería ir. Entonces no recorrí mucho los alrededores. Me quedé en la ciudad disfrutando de la ñoñez que me tenía preparada. Oaxaca también es famosa por su mezcal y su chocolate. Imagínense como lo pasé. En la tarde estaba en un congreso de la Red de Entoecología y Patrimonio Biocultural de México y en la noche en un barcito tomando el “elixir de los dioses” con los compipas.

Pero bueno, había que seguir moviéndose. Me ha encantado esto de estar en constante movimiento, aunque ni me imaginaba las pocas ganas de irme que me darían en mi siguiente destino.

Chiapas: Sincretismo.

Chiapas. Vista desde el bus. Enero 2013

Hasta se respira otro aire al irse acercando. El amanecer en la ruta entremedio de los cerros fue hermoso. Llegué a San Cristóbal de Las Casas, cabecera del estado, con 190 mil habitantes aproximadamente. Y creo que todo lo que les pueda decir es poco. No es autóctono, paro eso uno no va a San Cristóbal, va a San Juan Chamula o a Chenalhó, pueblos indígenas propiamente tales. San Cristóbal tiene esa maravillosa y peligrosa mezcla de lo foráneo con lo local conviviendo en un espacio urbano y natural que realmente te dejan sin palabras. La historia está viva, ahí, ante tus ojos. En cada arruga, en cada falda, en cada mercado, en cada iglesia. La de San Juan Chamula es extraordinaria. Yo nunca había visto algo igual. Entrar ahí hizo que se me apretara el corazón. Ritos ancestrales, en una iglesia colonial, en el año 2013, con gallinas y coca-cola. Imperdible realmente. Cobran entrada, por supuesto, 20 pesos mexicanos que valen completamente la pena. No se puede tomar fotos porque es una falta de respeto a lo que pasa en ese lugar. Y está muy bien que así sea… ¡Aunque me quedé con unas ganas!

La ciudad donde me quedaba era otra cosa, la mezcla, los franchutes, con los alemanes, con los indígenas, con los “chilangos” (nacidos en el DF que migran a otras ciudades). Artesanos, comerciantes, fotógrafos, chefs, músicos, todos ahí perdidos. Todos ahí encantados. Pucha que me costó irme. Pero Yucatán no me lo podía perder. El mundo maya me esperaba. Así que con mucha nostalgia partí.

Otro pedacito de mi corazón quedó atrás de mí.

Yucatán: Mundo maya y mundo global.

¡Es tan diferente a todo lo anterior! Acá el turismo gringo-spring-break ha destrozado algunas ciudades, como Cancún y Playa del Carmen (“del Crimen” le llaman también). “No es México” dicen algunos. Pero si es. La ciudad blanca de Mérida es una belleza, ver la pirámide de Chichen Itza es increíble, las ruinas de Tulum al lado de esa playa son alucinantes. Los cenotes del camino unas joyas, centros ceremoniales de gran importancia para los ritos mayas, con mucho más que ofrecer que el piquero que uno se tira. Las playas, los contrastes. La gente amable. Llegué hasta Chetumal, frontera con Belice.

Pasé el día entero remojándome en la laguna de Bacalar.

Se me acabó México.

Corrí dos días por Ciudad de Belice.

Guatemala y sus fiestas religiosas me estaban llamando.

Imperdible: Chiapas y la iglesia de San Juan Chamula.

Links de interés:

Crónicas viajeras: Andanzas por Santo Domingo (Primera parte).
Crónicas viajeras: Andanzas por Santo Domingo (Segunda parte).
Crónicas Viajeras: San Juan: “Walkable City”

2013-05-09T17:47:53+00:00 2013/05/09|