Pensar la Dictadura desde la ciudad. Gonzalo Cáceres Quiero

Publicado originalmente el 11 de marzo del 2012.

En el Santiago de mediados de la década del setenta se contaban más centros de la DINA que sucursales del Banco del Estado. La comparación puede parecer efectista, pero refleja con claridad la preponderancia que la DINA exhibió en el nervio de la administración pública.

Pese a la atención que ahora le prestamos, la organización que dirigía Juan Manuel Contreras Sepúlveda no fue la primera ni la única repartición fiscal especializada en amedrentar, detener, flagelar y asesinar. Meses antes que la Comisión DINA debutara en la calle, el SIM, la SIFA, el SICAR, el SIN, el CIRE y la propia Policía de Investigaciones, prestaron sus servicios en lo que Dinges y Bonnefoy llaman el circuito burocrático de la muerte. Pero a diferencia de las organizaciones anteriores y de otras como el SENDET, la DINA ejecutó una planificación inédita por su escala y malignidad.

La conversión desde un proyecto represivo a un sistema coercitivo, fue una de las claves que explica la reproducción de la más longeva de las dictaduras que sufrió Chile en el siglo XX. Para cumplir dicho programa, la DINA contó con un presupuesto fiscal superior al que dispuso cualquier otra repartición pública con base territorial. Pero a diferencia de municipios, gobernaciones o intendencias, la DINA nunca autolimitó su cometido por extrema que fueran sus conductas. Salvo excepciones, las cortapisas jurisdiccionales, geográficas o políticas con que la DINA debió enfrentar, provinieron de actores ubicados al interior de la Dictadura (generalato “bonillista” y Gremialismo) o desde una parte importante de la Iglesia Católica (devenida en espacio político substituto).

Antigua oficina central de la CNI. República 517. Santiago Centro

La preponderancia que la DINA cobró en la ciudad vuelve a quedar en evidencia cuando describimos sus instalaciones. Relativamente dispersos, los recintos clandestinos pero no siempre secretos, solían exhibir contigüidad a vías principales, adyacencia a infraestructuras estratégicas o proximidad con instalaciones militares. No obstante existieron recintos en lugares periféricos y rururbanos, abundaron las casas y los departamentos de fuerte impronta urbana y nítida centralidad. Unos u otros se convirtieron en referentes materiales, pero también simbólicos para todos los represaliados que sobrevivieron.

Aunque casi todo el mundo de la DINA estaba volcado hacia el interior de sus recintos, los accesos a los cuarteles clandestinos eran nudos clave. Por esas esclusas se producía un continuo ingreso y egreso de personas y vehículos. De día, pero principalmente de noche, los traslados de personas ocurrían en móviles de cilindrada superior al que, generalmente, ocupaban los grupos operativos. Mientras los perpetradores se movilizaban por la ciudad y el campo en autos y camionetas, los traslados de cautivos y ejecutados se verificaban, muchas veces, en camiones frigoríficos. En el caso de los cuarteles clandestinos, gruesas planchas de acero cerraban la visión hacia el perímetro interior que era vigilado por una guardia armada de carácter permanente. De noche, algunos recintos se servían de potentes focos que iluminaban veredas y calles desiertas por el temor combinado que significaba transitar cerca de un cuartel DINA e infringir el toque de queda.

Visible por ubicua, la DINA ocupó un lugar en la vida cotidiana de todos los habitantes urbanos de un país afectado por las tecnologías del sufrimiento ¿Qué ciudad fue esa? Una que, sin ambages, preferimos seguir llamando la ciudad bajo dictadura.

Gonzalo Cáceres Quiero. Historiador y planificador urbano

2013-07-21T16:00:37+00:00 2013/07/21|