La creación del Cementerio General, un campo santo para la ciudad de Santiago.

 Por Dante Figueroa

 

En los primeros años de la naciente republica chilena, el gobierno de Bernardo O’Higgins veía la necesidad de la creación de un cementerio, probablemente recordando las acciones, que como Gobernador de Chile durante el siglo XVIII había tomado su padre Ambrosio. Así, desde su primer año de mandato es que Bernardo ve la necesidad de generar las instancias que allanaran el camino para la construcción de un “campo santo”, lo cual queda de manifiesto con la creación, en el año 1819, de una comisión que debía procurar encontrar los terrenos para dicho efecto.
Una de las personas que integraban dicha comisión era el abogado Manuel Joaquín Valdivieso, quien con el pasar de los años, se convertiría en el primer administrador del cementerio general. Cuentan las crónicas que un día mientras estaba dando un paseo cerca de su quinta de la Cañadilla, localizada aproximadamente entre las actuales calles de Olivos y Santos Dumont, Valdivieso se detuvo a observar un terreno. Este predio ocupado como una viña en algunos sectores y en otros como lugar de pastoreo y descanso de los bueyes que traían piedras desde el cerro Blanco para la construcción de la catedral y de la iglesia de Santo Domingo, según describe Justo Abel Rosales en su libro “Sepulcros y difuntos” noticias históricas y tradiciones sobre el Cementerio General”.
El terreno en cuestión pertenecía a los padres Dominicos y estaban al norte de donde se encontraba la chacra de la Viñita, muy cercana al cerro Blanco, conocido por los indígenas como el Apu Wechuraba por el nombre del cacique que se enseñoreaba en estas tierras antes de la llegada de los españoles. Es por ello, que, a la llegada de Pedro de Valdivia al valle del Mapocho, el conquistador se estableció en el sector acampando sus huestes a los pies del cerro, mismo lugar donde se instaló la Iglesia de Montserrat, primera iniciativa católica fundada en Chile.

El informe de Valdivieso significó el interés inmediato del estado chileno, por ello, le pidieron solicitar su uso a los padres Dominicos quienes accedieron a la petición del abogado, no sin antes contar con cierta oposición de los “Chimberos”, quienes no veían con buenos ojos el establecimiento de un cementerio en esta parte de la ciudad y por cierto, preferían darle un uso agrícola a dichos terrenos.
Una vez aprobada la construcción del cementerio o panteón como intentaron denominarlo en un comienzo, los problemas de índole económico serían uno de los mayores obstáculos del gobierno de O’Higgins para llevar adelante la obra. La compleja situación económica en que quedó el país luego de la guerra de la Independencia, ponía al Director Supremo en un estado de incertidumbre financiera.
Es por ello, tal como se relata el texto de Marco León “Sepultura sagrada y tumba profana”, que se utilizaron los impuestos provenientes de la venta de la nieve proveniente de La Dehesa, la cual se traía en mula desde los faldeos cordilleranos y que se empleaban en la fabricación de helados y para la conservación de alimentos. A este dinero, mayoritario, se sumaba un impuesto asignado por el senado y que se cobraba a los cementerios de calles Santa Rosa y 21 de mayo, más los dineros donados por el monje Marco Sotomayor y el Coronel Tomas O’Higgins, con cuyos fondos pudo terminarse la edificación inicial.

La primera arquitectura del cementerio fue muy simple, hecha de adobe y ladrillos. Del mismo material se acompañaba un tapiado que cubría el frontis para evitar la mirada de los curiosos y el ingreso de los animales. Miles de ladrillos se cocieron en sus terrenos y el olor de los mismos inundaban el entorno próximo del recinto, los adobes se contaban por centenas en los terrenos aledaños al nuevo camposanto. Las carretas con bueyes tirando las carretas con material se confundían con el sonido ensordecedor de cientos de peones que golpeaban sus cuñas y canteranos que con sus cinceles labraban las piedras para la catedral.
Terminado el cierre del perímetro se procedió a terminar la capilla, el símbolo que el nuevo cementerio era parte de la fe católica, detrás de ella se hicieron los primeros nichos y caminos, especificándose además, los distintos tipos de sepultura que daba cuenta del modelo estratificado que tendría el recinto y que se observaba en los 3 tipos de sepultura con las cuales comenzaría a funcionar. Se reconocía entonces, los nichos, en los cuales se inhumarían las comunidades religiosas quienes pagarían $30, la 2da sepultación que se localizara en el sector poniente del cementerio y que estará en el suelo y será de carácter individual, que tendrá un valor de $5 y las fosas comunes que se harían en excavaciones o zanjan y que contendrán los cadáveres de quienes mueran a diario en los hospitales, sean asesinados o ajusticiados y de quienes tengan una situación de miseria y que por tanto no pagaran derechos.
Luego de una larga espera, el blanco frontis de cal con sus dos estrechas ventanas y la pequeña puerta, que estaba bajo la techumbre en donde se observaba una torre rectangular, recibirá la ceremonia del día 9 de diciembre de 1821. Los primeros huéspedes, en tanto, ingresaron el día siguiente provenientes del Hospital San Juan de Dios, María Duran juntos a los pequeños María de Los Santos García y Juan Muñoz. No obstante, solo se harían oficiales las sepultaciones con la llegada de la religiosa ventura Fariña, dando con ello inicio a 200 años de historia.

2021-11-24T14:39:49+00:00 2021/11/24|