La escultura del dios Neptuno del Cerro Santa Lucía: relato de una itinerancia. Mariana Milos M.

Es el soberano absoluto de la Terraza Neptuno del Cerro Santa Lucía, que le debe su nombre. Enmarcado en un arco de triunfo con cúpula, corona a su vez la entrada majestuosa de tres niveles que se construyó entre 1897 y 1903  para ornamentar el nuevo acceso al Cerro desde la Alameda. Esta remodelación no fue menor, de hecho fue necesario expropiar y demoler diversas construcciones que impedían su acceso e interrumpían su vista desde la Alameda.

Fuente de la imagen: Chile en 1906. Santiago, 1906. Colecciones Biblioteca Nacional de Chile, anónimo. www.archivovisual.cl

El proyecto de dicha entrada fue iniciado por el arquitecto francés Víctor Villeneuve y continuado por el chileno Benjamín Marambio, y sin duda se enmarca en la transformación del viejo Santiago colonial, en la ciudad afrancesada que soñó Benjamín Vicuña Mackenna cuando fue intendente de la ciudad; mismo sueño que impulsó la increíble transformación del Santa Lucía , que antes no era más que un peñón rocoso con algunos vestigios de las construcciones defensivas españolas de principios del siglo XIX, las que nunca llegaron a usarse como tales, pero que igualmente alimentaban cierta idea del pasado oscuro del antiguo Cerro.

Pero la historia del dios Neptuno de bronce no es tan simple, ya que tuvo diferentes emplazamientos previos que aquí daremos a conocer. De hecho su destino actual es recién su tercer lugar de vida, o más bien el cuarto, si contamos también los años que pasó abandonado en el “Depósito de carretones de la policía urbana donde se hallaba enterrada desde hacía diez años”.[1]

Pero vamos por parte. La escultura puede incluirse dentro de la llamada “escultura industrial”, por realizarse en serie de varias copias a partir del mismo molde. Fue encargada por el estado chileno a Francia, específicamente a la Fundición Val d´Osne que toma como modelo la creada en 1856-7 por el francés Gabriel-Vital Dubray  (1813-1892), y que se hizo mundialmente popular durante la Exposición Internacional de Londres en 1862. Su destino inicial fue el bandejón central de la Alameda de las Delicias, siendo instalada en 1859, cuando aún era el principal paseo capitalino y su aspecto distaba mucho del actual.

Por razones poco claras la escultura fue removida de la Alameda y llevada a los depósitos de la policía, permaneciendo varios años en el abandono y en el olvido. Fue desde ahí que Vicuña Mackenna la rescata y en una acto que hoy destacaríamos como “reutilización o reciclaje” decide llevarla al Cerro Santa Lucía, su gran proyecto urbano, que recién remozado, necesitaba de esculturas que habitaran sus rincones y justificaran el recorrido por sus diversos senderos, los que en ocasiones se hacían bastante escarpados y dificultosos.

Fuente de la imagen: Álbum del Santa Lucía, 1874, B. Vicuña Mackenna. Fotógrafo Pedro Emilio Garreaud, en www.archivovisual.cl

La escultura fue instalada en la llamada “Gruta de Neptuno” en 1872, por el ingeniero en aguas Víctor Sacleux. La gruta, que alcanzaba 5,30 metros de altura y 3 metros de ancho, se conformó como un arco natural de piedras rugosas, que, creando una especie de hornacina por la que caían hilos de agua, albergó la escultura del dios romano al borde del camino, muy similar a las antiguas grutas de culto religioso.

Este montaje, que intenta parecer natural, da cuenta de la antigua asociación entre escultura y naturaleza, que podríamos remitir incluso a los griegos, que solían ubicar las esculturas de ninfas o dioses en medio de jardines. La naturaleza que albergaba al arte, para la visión romanticista de la época de Vicuña Mackenna, debía ser lo más salvaje posible, que apenas delatara la intervención de la mano humana, evocando así la idea de que la obra de arte se petrificó en el tiempo y aparece de manera natural, valga la redundancia.

En el caso de nuestra escultura, ésta aparecía entre canelos silvestres, rocas y caídas de agua provenientes de lo alto del Cerro, todo lo cual era muy apto para el tema del dios Neptuno, o Poseidón desde el mundo griego, el dios hermano de Zeus a quien se le destinó el dominio de todos los cursos de agua, manantiales y, por supuesto, del mar, su gran reino, el cual habita en castillos dorados sumergidos; o surca cabalgando sobre la espuma de las olas.

Neptuno siempre fue considerado un dios muy poderoso, ya que además de provocar los temblores y terremotos cuando le invadía la furia, podía hacer surgir un río o manantial simplemente clavando su tridente en la tierra, que es justamente el gesto que tiene la escultura que hoy revisamos.

Es posible que el propio Vicuña Mackenna haya necesitado invocar su milenario poder para lograr su deseada transformación del Cerro, que como sabemos era árido y escarpado. Una vez que el intendente logró abrir terrazas planas en él y cubrirlas con tierra para permitir la siembra de árboles y arbustos, la meta más difícil de lograr fue contar con un sistema de regadío constante en el tiempo, que permitiera transformarlo en el pulmón verde que hoy es para los santiaguinos. Esto se logró mediante una avanzada ingeniería a partir de sistemas de bombas hidráulicas que, viniendo desde  la actual calle Victoria Subercaseaux, alimentaban un estanque desde el cual salían canales de regadío por todo el cerro. Este estanque aún existe, con forma de pileta, en la terraza Pedro de Valdivia del Cerro.

Así también podemos mencionar otros ejemplos en los que la imagen de Neptuno celebra el milagro del agua en medio de una ciudad. Quizás el más reconocido por todos es la Fontana di Trevi, que en el corazón de Roma marca el punto final del acueducto Aqua Virgo, considerado de origen divino por los romanos, ya que fue descubierto gracias al milagro de una virgen que anunció la presencia de agua limpia a sólo 22 kilómetros de la ciudad, llegando a ser uno de los acueductos más cortos que surtía del liquido vital a la capital del Imperio. En el momento de su restauración renacentista, en 1453, ya fue decorado con una pileta; pero fue recién en 1732 que se le encarga al arquitecto barroco Nicola Salvi la famosa fuente en mármol protagonizada por el vigoroso Neptuno y sus caballos marinos.

Fuente de la imagen: Chile en 1906. Santiago, 1906. Colecciones Biblioteca Nacional de Chile, anónimo. www.archivovisual.cl

Volviendo a nuestro Neptuno chileno, más sencillo en su forma y realizado en bronce, sucedió que la naturaleza rústica de la cripta donde estuvo instalado terminó por cubrirlo casi por completo, mimetizándolo con el entorno. La oportunidad de trasladarlo a la nueva entrada monumental construida por Villeneuve en 1900 fue ideal para esta escultura, ya que permitió darle más protagonismo y espacio. Pero aun más importante que eso, es que en su nuevo emplazamiento podemos leer una nueva alianza entre escultura y arquitectura, propia del neoclasicismo, estilo pregnante en la arquitectura de la época. Ambas artes se complementan y se necesitan la una a la otra: la construcción está incompleta sin los relieves en sus frisos o esculturas en sus vanos y, viceversa, la escultura también necesita de un marco arquitectónico que la dignifique y proteja.

Ante esta necesidad, el arquitecto o paisajista diseña una arquitectura especial para la escultura, como es el caso de nuestro dios Neptuno, que se enmarca en un gran arco de triunfo de tres ojos, coronado por una cúpula y balaustradas. Desde su magnífico escenario Neptuno sigue haciendo surgir el agua, pero esta vez en una gran fuente que, vertiendo el agua hacia el centro de Santiago, llena de vida y sonido esta terraza.

Fuente de la imagen: www.urbatorium. blogspot.com

Este cambio de escenario, entre la gruta salvaje romanticista, íntima y poética, a la magnífica arquitectura neoclásica,  se sucede en un rango de tiempo de tan solo 25 años, pero da cuenta de un cambio de mentalidad y de sensibilidad, desde la concepción sentimental del arte en la que la naturaleza es aun la dominante y protagónica, hacia un pensamiento más racionalista e ilustrado en el que el hombre ya ha dominado su entorno y quiere demostrar sus habilidades.

Resulta interesante saber que existen otras versiones de la misma escultura, realizadas oficialmente a partir del mismo molde. Una de ellas está en la Plaza Aníbal Pinto en Valparaíso, frente al histórico Bar Cinzano, desde 1930. La plaza se llamó anteriormente “Plaza del Orden”, hasta la muerte del presidente Pinto, nombre que resulta irónico el día de hoy, al ser un lugar muy concurrido, cruce emblemático del plano y frecuentado por todo tipo de visitante, ya que desde ahí se accede a los Cerros Alegre y Concepción.

Otras versiones del dios romano habitan en ciudades latinoamericanas, como en la Alameda Central de la ciudad de México, el Parque de los Museos en Lima y también en ciudades europeas, como Lugano en Suiza, Ghisoni en Francia o Colonia en Alemania.

Por último no podemos dejar de mencionar otra escultura de Neptuno, que desde el acceso norte del Cerro marca su puerta de entrada, en la intersección de las calles José Miguel de la Barra y Merced. Su historia no deja de ser curiosa, ya que fue encargada a la famosa fundición francesa de Val d’Osne por Luís Cousiño en 1873 para ornamentar su parque privado, pero tuvo que ser retirada por los daños causados por los paseantes.

Recién el año 2001 se emplaza en el cruce actual, convirtiéndose en una de las esculturas favoritas de los santiaguinos.

En ella Neptuno reposa sobre un estanque acompañado de su esposa Anfitrite, diosa de las aguas calmas, quien le muestra una caracola y luce una larga cabellera de algas. Ambos mantienen una eterna conversación, mirándose silenciosos, y en medio de un animado Barrio Lastarria, parecen invitarnos a adentrarnos en la calma y los secretos del fantástico Cerro Santa Lucía.

Recorrido de Cultura Mapocho 21 de marzo 2013 Fuente de la imagen: Sebastián Milos Montes

Mariana Milos Montes. Guía patrimonial de Cultura Mapocho.

Bibliografía:

  • Godoy Orellana, Milton. “Ha traído hasta nosotros desde territorio enemigo, el alud de la guerra”: confiscación de maquinarias y apropiación de bienes culturales la ocupación de Lima, 1881-1883”. Historia, N° 44. Vol. 2. Julio-Diciembre del 2011.
  • Vicuña Mackenna, Benjamín. Álbum del Santa Lucía: colección de las principales vistas monumentos, jardines, estatuas i obras de arte de este paseo. Imprenta de la Librería del Mercurio, Santiago, 1874.
  • Voionma Tanner, Liisa. Escultura publica, del monumento conmemorativo a la escultura urbana. Ocho Libros editores, Santiago, 2005.
  • Pérez de Arce, Rodrigo. La montaña mágica: el Cerro Santa Lucía y la ciudad de Santiago. Santiago, Ediciones ARQ.1993.

Páginas consultadas:


[1] Vicuña Mackenna, Benjamín. Álbum del Santa Lucía: colección de las principales vistas monumentos, jardines, estatuas i obras de arte de este paseo. Imprenta de la Librería del Mercurio, Stgo. de Chile, 1874, página VII.

2013-09-08T14:17:25+00:00 2013/09/08|