29 de Marzo, asesinato de los hermanos Vergara Toledo

El 29 de marzo de 1985 fue un día que quedó marcado a fuego en la piel de todos los pobladores de Villa Francia que se sentían comprometidos con la lucha anti dictatorial. La organización de la población recibió un duro golpe.

El Rafa y el Eduardo Vergara, eran dos hermanos militantes del MIR y asiduos miembros de la Comunidad Cristiana, sentían un fuerte compromiso con su población frente a todas las atrocidades e injusticias que a diario provocaba la dictadura. Estos jóvenes muy queridos y respetados por sus pares, caerían abatidos a manos de una patrulla de Carabineros en el sector de Las Rejas con 5 de abril, muy cerca de “La Villa”.

Lo que pasó aquel día de finales de marzo está escrito de sobremanera, se contrastan los relatos de testigos con lo expuesto por la prensa de la época, cómplice del régimen. De alguna manera trataré de reconstruir los hechos acontecidos durante esa tarde, pero lo que he buscado plasmar es lo que ocurrió en Villa Francia desde el momento en que la noticia de la muerte de los hermanos comienza a expandirse como un reguero de pólvora. Y cómo este suceso cambiará para siempre el acontecer en la población.

Según muchos relatos y también por lo expuesto en el informe judicial, esa tarde, cuando ya caía el sol, Rafael y Eduardo junto a otros jóvenes se hallaban en el sector de Las Rejas con 5 de abril, los medios señalan que se encontraban en ese lugar con la intención de perpetrar una recuperación de dinero. Para eso, logísticamente, habían acordado separarse en dos grupos, y también dividir el poco armamento que poseían. El asalto al local que presuntamente sería una panadería del sector nunca llegó a realizarse, debido a que en el camino a esta los hermanos Vergara serían interceptados por la patrulla Z-955 de Carabineros, perteneciente a la Tenencia Alessandri, “al mando del subteniente Ambler Hinojosa, el oficial Marcelo Muñoz y los cabos segundos Jorge Marín y Nelson Toledo. Llevaban sus pistolas de servicio, un fusil SIG, una subametralladora UZI y una escopeta a perdigones.” Otro punto de vista, expuesto por los familiares, señala que Rafael Vergara se encontraba en medio de una emboscada en su contra, y en ese momento aparece su hermano, Eduardo quien ya estaba fuera del cerco. Con la intención de ayudarlo, se dirige donde estaba Rafael siendo blanco, también, de la policia. Lo único certero, es que a partir de ese momento se produce una persecución y posterior emboscada que termina con Eduardo el mayor de los dos acribillado por la espalda. Rafael que corría junto a él, al ver a su hermano tendido en el suelo se devuelve a socorrerlo, pero las balas le alcanzan sus piernas, quedando imposibilitado de caminar. Aún así consigue arrastrarse hasta el cuerpo sin vida de su hermano e intenta abrazarlo. En ese momento llegan los efectivos de Carabineros atacando con patadas y culatazos al menor de los hermanos quien es subido al furgón policial, siendo rematado al interior de este con un cobarde disparo en la nuca; para posteriormente ser abandonado junto a Eduardo en la vía pública.

La noticia de la muerte de “los chiquillos” se expandió rápida y confusamente por el sector. Primero, la balacera atrajo la atención de mucha gente del sector de Las Rejas, el cual era un lugar con gran cantidad de jóvenes que participaban activamente de las actividades que se realizaban en Villa Francia.

A la Villa, distante a unas 6 cuadras del sitio en cuestión, la noticia llegó rápidamente, se supo de inmediato que habían sido dos los muertos, se rumoreaba que eran “los chiquillos”, pero nadie podía confirmarlo. La confusión duró unos instantes.

Ese día viernes 29 de marzo, el Taller de mujeres de Villa Francia se encontraba reunido, como de costumbre, en la mediagua que tenía como sede. Margarita Andrade, pobladora y miembro de la Comunidad Cristiana desde sus orígenes. Siempre había deseado ingresar al Taller de Mujeres, pero su trabajo “puertas afuera” en una casa del sector oriente no se lo permitía, el tiempo no le alcanzaba. Ese extraño día, junto con las mujeres del taller–sus vecinas- se reunieron y pidió que como grupo le respondieran una carta a uno de sus hijos que se encontraba en la Unión Soviética, preparándose políticamente. “ese día estaba en reunión el Taller de Mujeres, y el Pepe ya andaba fuera de Chile, y por el terremoto del 5 de marzo, el pepe me había escrito, y yo le hago una carta para que la firmen algunas personas, y yo llego y se la llevo a la Luisa para que me la firme, y que le mande a decir algo al Pepe, y ella le manda a decir algo al pepe, eso fue el 29 de marzo, estábamos en eso, estaba la Charo, la Mery, la María Teresa, habíamos hartas mujeres, después el Taller era bien masivo.” El grupo ya sabía que dos chiquillos habían sido muertos por Carabineros en Las Rejas.“Llega la Ana Luisa a decirle que son los chiquillos, y ahí queda la cagá, queda el desbande. Me acuerdo de los gritos de la Mery, que gritaba tanto, porque llegó la Ana Luisa, porque la Luisa había dicho “en las Rejas, dicen que mataron a dos chiquillos”, porque era así como habitual, oye, así que mataron a uno, mataron a otro; pero que te hayan matado a tus hijos; entonces quedó la cagá, y yo ese día me incorporé al taller, en una fecha bien trágica.”

“La Villa” de un momento a otro se volvió una olla a presión, los jóvenes, los pobladores, los compañeros, los miristas y los jotosos estaban consternados. Los chiquillos eran queridos y admirados por cada uno de ellos.

La necesidad de saber un poco más hizo que el punto de migración fuera la casa de la familia Vergara Toledo. Hacia allá se dirigió la mayoría de las personas, el rumor de que vendría el allanamiento se hizo una certeza al momento de que por la avenida 5 de abril se veía pasar una gran comitiva de vehículos policiales.

La casa, ubicada en la intersección de las avenidas 5 de abril y 7 de octubre, en la Villa José Cardijn, frente a “La Villa”; fue invadida por Carabineros, destrozando todo a su paso. Ahí Luisa Toledo y Manuel Vergara, padres de Eduardo y Rafael eran apuntados con las metralletas de los uniformados, y debían soportar verdaderas burlas y carcajadas por parte de estos, incluso llegaron al extremo de enrostrarle la muerte de sus dos hijos: “te matamos a los dos, te matamos a los dos” gritaban los oficiales mientras todo su sequito destruía el hogar.

Al día siguiente, pasado el mediodía llegaron los cuerpos de ambos jóvenes a la Comunidad Cristiana Cristo Liberador, que se encuentra hasta nuestros días en el corazón de la población. A ese lugar la gente se volcó en masa, expresando sus sentimientos, el llanto colectivo reflejó el cariño que esta población sentía por los recién caídos. “Y ahí supimos las otras muertes, la de la Paulina Aguirre, en otro lado, la de los degollados. Nosotros lo supimos en la comunidad cristiana, el Sandoval, se subió arriba de una silla y dijo acaban de encontrar a los tres compañeros desaparecidos del Partido, los acaban de encontrar degollados en Pudahuel.”

Al caer la noche la mayoría de los jóvenes que sentían una especial cercanía con los hermanos, permanecieron en la comunidad acompañando los féretros. De esta manera, más de una veintena de muchachos, del Mir, de la Jota, de la Comunidad participaron de una vigilia que dirigió el cura Roberto Bolton, quien era muy cercano al Rafa, el más católico de los dos.

Así lo recuerda Sandra Leal, quien pese a ser militante de las JJCC, siempre fue muy cercana a “los chiquillos”; vivían frente a frente, cruzando 5 de abril; incluso con el Rafa había sido compañera de curso en el Liceo 70.“Para mí esa fue una experiencia que me marcó, yo a Roberto Bolton siempre lo había conocido como el cura buena onda, que presta ayuda, que sale a las protestas y sigue a los pacos pero que no le pasa nada, porque era cura. Una visión que venía de mi casa, de mi papá, muy ateo, muy crítico de la iglesia. Pero esa vez fue otra cosa. Ahí estábamos un montón de cabros, conversando, fue muy acogedor. Y el cura tomó la batuta y empezó a hablar sobre Nicaragua de cómo allá pasó lo mismo, y nos decía algo de que esto era algo muy fuerte, pero que posiblemente recién estaba comenzando y de que seguramente de los que estaban ahí, ahora, también podía pasarles lo mismo. Había que tener conciencia de que la lucha que tomábamos era una gran responsabilidad, pero un gran peligro.” “Que tiemble la injusticia cuando lloran los que no tienen nada que perder”

El domingo 31 de Marzo de 1985, se despidió al Rafa y al Eduardo de “La Villa”, el pueblo en multitud cogió los ataúdes de los hermanos y los llevó en andas en una gran caravana que tomó rumbo por la avenida 5 de abril hacia el oriente, hasta llegar a la Parroquia Jesús Obrero, ubicada al costado del santuario del Padre Hurtado en la Avenida General Velásquez. En ese lugar los curas Mariano Puga, Roberto Bolton y Rafael Maroto realizaron la última misa, ante un llanto desconsolado de los asistentes que a esa altura se contaban por cientos y cientos.

El Rafa y el Eduardo supieron “cabalgar contra quien odia desde su torre de oro y exterminio, pero, en mi parecer, les dio más gloria el alma que tallaste a tu dominio.” Ellos eran jóvenes combatientes ejemplares, respetuosos de su pueblo, por lo que este los admiraba, su despedida es uno de los hitos más grande y más convocante de los que “La Villa” recuerde, la juventud, sus compañeros, el MIR y la “Jota” “que entre bombas de humo eran hermanos” llenaron de gritos y banderas y sentido su último camino, aquí no existían diferencias, aquí eran todos una familia. Cabros del Mir y de las JJCC, que en realidad eran amigos y vecinos rodearon las carrozas, creando una suerte de anillo de seguridad alrededor de la familia y los féretros. Ahora el rumbo de la caravana era el Cementerio General, la caminata final se realizó bajo una fuerte lluvia, la cual llenó de simbolismo la despedida de dos de los más grandes luchadores sociales que esta población haya conocido.

Por Roberto Ortiz L

Imagen del archivo de resistencia visual.

2022-03-29T10:19:26-04:00 2022/03/29|