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El Mercurio Miente y la Toma de la Casa central de la Universidad Católica

Por Dante Figueroa

La década de los sesenta del siglo XX es, sin duda, una de las más críticas y transformadoras que haya conocido la historia contemporánea, desde la óptica social, política y cultural, entre otras.

Este decenio estuvo marcado por diversas expresiones sociales que convivieron con la música Rock, el Hipismo, la píldora anticonceptiva y la revolución sexual. Que, además, fue testigo de la batalla por el espacio entre la URSS y EE. UU y también por la frecuente injerencia política e invasiones militares que llevó a cabo el país del norte. En particular, la intervención de USA en oriente, que dio pie a la guerra de Vietnam, la que provocó diversos efectos y agitó las aguas de protestas en el propio país de los hijos de George Washington. Situación que, de una u otra forma, promovió que el ambiente local se extendiera en protestas en muchos países del planeta. 

Por ello, parecía ser que la humanidad apelaba a las ideas progresistas y/o socialistas, transformadoras de estructuras, materializadas con el triunfo de la Revolución Cubana, que emergían con fuerza y se volvían críticas del statu quo imperante. En tal sentido, no sorprende que la agitación del mundo social se expresara en luchar por mayores reivindicaciones, y más participación de trabajadores, mujeres y jóvenes, quienes exigían ser considerados al momento de tomar decisiones del lugar donde se encontraran. Por ello, la palabra “revolución” o “reforma”, estaba en boca de todos los distintos actores políticos y sociales de la humanidad. Sin ir más lejos, en Chile, el eslogan de la campaña del demócrata cristiano Eduardo Frei, era la “Revolución en libertad”. Esta palabra, que indicaba cambios profundos, se utilizaba sin temor y de manera cotidiana.

Acto de campaña de Frei. Década de los sesenta. El ciudadano
Democracia Cristiana comentarios del programa de gobierno

En ese contexto, nuestro país, no fue una excepción, y serán los jóvenes, en este caso particular los universitarios, quienes se movilizarán, como casi siempre, de manera decidida. “Universidad para todos”, “Universidad abierta al pueblo”, eran proclamas que no solo eran carteles al aire, sino que convicciones de los jóvenes chilenos. Por ello, el acceso, sin distinción económica, a las universidades, el aumento de las matrículas y la idea de elevar el nivel cultural del pueblo, fueron reflexiones constantes del momento.

Las ideas de co-gobierno o participación igualitaria de los estamentos universitarios, y su igual peso, a la hora de elegir las autoridades de los planteles de educación superior, fueron elementos de reforma, que adoptaron, como bandera, con sus particularidades de lucha y propuestas, la mayoría de las casas de estudio de Chile. A este movimiento se plegó la Universidad de Chile, la Universidad Católica de Valparaíso y otras más. Lo cual habla de cómo los principios de transformación del sistema se expresaban en la voz de los jóvenes.  

No obstante, había un plantel de estudios que, históricamente, era renuente a esos cambios y expresiones de participación, la Universidad Católica, un lugar considerado reaccionario, más será justamente allí, donde la reforma universitaria alcanzará una máxima expresión. El sustento, para que este fenómeno se materializara en la UC fue, entre otras cosas, los cambios del decenio y la profunda reflexión y transformación que se venía experimentado al interior de la misma Iglesia Católica, a partir del Concilio Vaticano II en 1962 y la Conferencia de Medellín en 1965.

Dicho esto, el conflicto entre la Federación de Estudiantes, la Rectoría y el Consejo Superior, se desató, generándose una polémica ideológica que derivó en la toma de la universidad y su casa central la fría mañana del día 11 de agosto de 1967, cuando rostros jóvenes liderados por el presidente de la federación Miguel Ángel Solar, Carlos Montes, líder de la toma, José Joaquín Brunner y Antonio Garretón, quienes aparecen a la luz pública nacional. 

Los estudiantes intentan que la universidad sea parte que se respiran en el ambiente, por ello, en voz de su presidente, dirán: “queríamos sacarlo de la esfera política oligárquica y vincularlo al movimiento de cambio cultural para la equidad. Queríamos un currículo flexible, integral, un ordenamiento más moderno y una auténtica catolicidad”. Asimismo, querrán elecciones con mayor participación estamental, que se den en “un claustro pleno”, oponiéndose al reglamento, que en ese momento iba rumbo al vaticano, y que incluso podía asegurar la reelección del rector por dos periodos, es decir, 15 años de mandato. A pesar de que la toma contó con el apoyo mayoritario del Consejo General de la Federación con 63 votos a favor y 9 en contra (entre esos últimos, el del vicepresidente, el estudiante de derecho Jaime Guzmán), el día de la toma hubo disturbios y escaramuzas por más de dos horas, viviéndose, una batalla campal. El mismo vicepresidente Guzmán, lideró el intento de retoma, junto a grupos que se unieron de integrantes de Fiducia-Sociedad chilena de defensa de la tradición familiar y propiedad- y, aunque trató de calmar a los más iracundos diciéndoles que intentarían agotar medidas jurídicas, también les aseguró que, “se recurriría a las armas si fuese necesario”, según relato la Revista Ercilla.

Diario La Nación, 11 de agosto de 1967.
Diario La Nación, 12 de agosto de 1967.

La toma de la Universidad Católica duro hasta el día 17 de agosto, y entre sus muchas consecuencias tenemos el lienzo instalado por los estudiantes que reza: “chileno: El Mercurio Miente” y que ha quedado como un ícono en el inconsciente colectivo del país, de cómo el periódico de Edwards ha actuado tergiversando la realidad o prestándose para montajes políticos, sobre todo durante la dictadura civil-militar.

Lienzo instalado por los estudiantes en toma.


La toma concluye con la mediación del gobierno de Eduardo Frei, quien le solicito al Vaticano que encomendara al cardenal Raúl Silva Henríquez la solución del conflicto, el sacerdote se reunió con los profesores que solidarizaban con la toma, quienes propusieron como Pro-rector al docente de la escuela de arquitectura, Fernando castillo Velasco, quien, tras negociaciones del cardenal con los estudiantes fue ratificado, poniendo fin a la toma el día 22 de agosto.
El nuevo rector fue ratificado cinco meses después por el claustro pleno compuesto por académicos y estudiantes, manteniéndose por seis años en el cargo, hasta que el golpe militar lo reemplazo por rectores delegados, asumiendo en la Universidad Católica el vicealmirante en retiro Jorge Swett Madge quien se mantuvo en el cargo durante 11 años.

Fin de la toma en diario La Nación, 22 de agosto de 1967.
Asume Fernando Castillo Velasco, diario La Nación 22 de agosto de 1967.
2025-08-11T08:55:15-04:00 2025/08/11|