Las Tertulias y fiestas en La Moneda

Por Dante Figueroa A.

En estos días, a propósito del encuentro del presidente Kast con un grupo de amigos, ha surgido la reflexión acerca de encuentros festivos en La Moneda. Ciertamente, no entraremos en la esfera política o jurídica de esta situación, pero, intentaremos recordar algunos momentos de celebración o encuentro en la casa de los presidentes.
La Moneda, es uno de los íconos más importantes de arquitectura colonial de Santiago, ideada por el italiano Joaquín Toesca y Rici, su mentor no pudo verla terminada y fue Juan José Goicolea quien concluyó la obra, la cual fue inaugurada en 1805 bajo el mandato del gobernador Luis Muñoz de Guzmán.

La Moneda hacia 1850. Memoria Chilena
Primeras Monedas acuñadas en Chile Memoria Chilena

Originalmente usada como el lugar donde se acuñaban las monedas, con el inicio de la República “La Casa de Moneda” pasó a tener otros usos, y si bien se sabe que su primer morador fue el presidente Manuel Bulnes (primer mandatario que deja la antigua casa de los gobernantes donde hoy está situado el Correo central, frente a la Plaza de Armas de Santiago) existieron otros momentos en que el inmueble mostró su esplendor arquitectónico.
Los aires de cambio producidos por el proceso emancipador debieron darle bríos a José Miguel Carrera quien utilizó el portento colonial para celebrar el segundo año de aniversario de la creación del Cabildo Abierto del 18 de septiembre de 1810. La ceremonia se hizo pensando en tener la mayor pompa posible, no solo se iluminó el frontis del palacio, la plazuela frente al mismo y los edificios circundantes con más de 8 mil luces, perfectamente dispuestas.

José Miguel carrera. Memoria Chilena.

Asimismo, se enarboló el pabellón patrio y se levantaron lienzos con inscripciones en latín que
hacían alusión al fervor de la facción patriota. “Aurora Libertatis Chilensis” (El amanecer de la
libertad chilena) y “umbris et nocti, lux et libertas succedunt” (a las sombras y la noche, le sigue la luz de la libertad). Se mostraba el primer escudo patrio con las leyendas escritas en latin: “Post tenebras lux” (después de las tinieblas, la luz) y “Aut consilio aut ense” (por la razón o la espada).
La fiesta dejó imágenes imborrables como la presencia de la hermana del prócer, doña Javiera,
quien lucía la escarapela tricolor, junto a un vistoso arreglo en su cabellera que consistía en una guirnalda de perlas y diamantes de la que pendía una corona vuelta al revés, en una marcada alusión a la superación de la monarquía como sistema político.

Javiera Carrera. Memoria Chilena.

Sin lugar a dudas, La Moneda se vistió de etiqueta para celebrar los primeros años de la naciente patria -según los cronistas de la época-, en un espectáculo que duró tres días para culminar el 30 de septiembre de 1812.
Más de setenta años pasaron hasta que La Moneda saliera de su tradicional uso, aquel lugar
asociado a las causas políticas en sus ceremonias oficiales, para transformarse en un lugar donde las tertulias literarias se pasearían por sus pasillos, cuartos y paredes. En efecto, será la casa de gobierno quien dará cabida a la vida del hijo del presidente José Manuel Balmaceda, el joven Pedro Balmaceda Toro, quien, encantado por las musas literarias, transitó por el mundo de las letras, y en ese periplo se encontró con un joven poeta nicaragüense, con quien forjó una férrea amistad, Rubén Darío, que por entonces llegaba a Chile en 1886 con tan solo 19 años.

Rubén Darío a los 25 años. Memoria Chilena.

Así lo expresa Luciano Ojeda en su texto Rubén Darío en Santiago, hace unos 130 años.
“Cuando se conocieron, Darío le confesó la admiración por su prosa y desde ese momento
entablaron una estrecha amistad. Fue entonces que Balmaceda Toro enseñó al poeta
nicaragüense las obras de los escritores europeos. Dice Domingo Melfi:
“El le facilitó los mejores libros, lo puso en contacto con los poetas más nuevos de Francia, lo
interesó en las nuevas corrientes estéticas. Darío conoció la mesa de trabajo de Balmaceda. Sobre ella aparecían las últimas novedades europeas; allí estaban Goncourt, Richepin, Daudet, Mallarmé, Verlaine, Gauthier, las revistas artísticas, los cuadernos de los aguafuertistas más célebres, los nombres de los críticos mejores, en la cubierta de los libros valiosos que Darío, en su pobreza, no hubiera podido jamás adquirir»”.

Retrato de Pedro Balmaceda. Memoria Chilena.

Rubén Darío y Pedrito, como le llamaban al hijo del presidente, por ser de estatura baja y tener
una prominente joroba, serán el alma de la fiesta que se desarrollaba en uno de los salones de La Moneda. Allí, el nicaragüense daría a conocer sus primeros intentos poéticos, Alberto Blest
contaba sus andanzas por París
. En la casa de gobierno discutieron con agudeza las crónicas que ellos mismos escribían bajo seudónimos, en La Época. Hablaban del Quijote, de la sabiduría de Sancho y del infierno de Dante.
Casi en un mundo paralelo, dejaban transcurrir la noche pensando en poesía y manteniéndose al margen de las contiendas políticas que también se discutían por entonces en La Moneda, un
mundo que, por entonces, les importaba menos, pues ellos eran hijos de la bohemia santiaguina, del olor a café y tabaco y de las penas del corazón y del alma, pues cualquier emoción podía transformarse en un poema.
El mismo año que Rubén Darío dejó el país, Pedro Balmaceda, quien escribió bajo el seudónimo de A de Gilbert, se fue inesperadamente a la edad de 21 años, quien fuera el gran sustentador de la obra Azul del nicaragüense, perecía y dejaba con un inmenso dolor a su padre.

Por cierto con la partida de Pedrito, las tertulias se detuvieron, pero su imagen y el recuerdo del precoz poeta quedaron en La Moneda, aunque poco se hable hoy de esos encuentros literarios.

Postal de La Moneda año 1907. Biblioteca Nacional.
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